Loquita Nena en: Una de Aguirre

por manueldemagina

Es que María Jacinta estaba un poco mayor y un poco teniente.
—¡De un director vasco! ¡De Juanmari Aguirre!
—Perdona, ¿cómo has dicho?
—¡Juan Mari A-gui-rre! Si es famosísimo, lo tiene que conocer.
—Ah, ya. Este chico que es gay y lleva el pelo como la reina de Inglaterra.
—No, María Jacinta. Ese que usted dice es otro y hace otro tipo de películas, y en lugar de ser vasco es manchego.
—Ah, ya.
Loquita había despejado la mesa del salón (del portafotos digital, del centro de florones y del tapete de ganchillo), había sacado el mantel, las servilletitas, los posavasos, los vasos con arabescos, de un cajón del mueble, y los había colocado más o menos primorosamente (para comprobarlo miró, guiñando, con un ojo por un lado de la nariz y luego con el otro por el otro lado) y dejó allí, retrepada en una de las butacas, a María Jacinta, para dirigirse a la cocina. En la cocina su madre calentaba agua para un té.
—Ya te vale, madre. Yo fajándome para conseguir una película bonita; bonita de verdad, que no es fácil tal como está el panorama. Que le he pedido que me la baje a Gómez y ya sabes tú cómo es él. Que encima le he tenido que rogar que me la tuviera para hoy; todo para pasar una tarde juntas viéndola ahí, las dos solitas, abrazaditas, en el sofá… ¡Y vas tú e invitas a María Jacinta!
La madre la miró con aquella cara de bovina ingenua, las facciones colgando de magra ternura y piedad.
—¡Ay, hija! Es que está tan sola la pobre…
Y luego añadió, por si a su hija no le había parecido suficiente:
—No te preocupes, ya tendremos ocasión de ver otra las dos solas.
—Pues sí, madre —contestó ella con todo remilgo—, ya veremos cuando saca otra el Aguirre.
—Anda, ¿por qué no vas llevando cosas?
—¡Pues si eso es lo que he venido a hacer! ¡Áinss! Lo que me vas a costar de criar.
Loquita llevó galletitas, dulces de manzana y kiwi, hojaldres de a bocado y la tetera en una bandeja de pasta con muchos colorines.

—¿Ya? —preguntó María Jacinta, cuando vio el fundido en negro y, tras él, ir apareciendo los créditos del final de la película.
Loquita y su madre, en el sofá, se deshacían en lágrimas, la una sobre la otra.
—Pero ¿qué ha pasado? No me he enterado.
—¡Que ella mueére! —bramó Loquita, con la cara transfigurada por el dolor.
—Pero eso no se ha visto —volvió a insistir María Jacinta, con su pizca de enojo; queriendo, sinceramente, participar del sentimiento general.
Loquita berreaba la pena sobre el hombro de la madre. La madre, que se limpiaba la cara y se sonaba la nariz después con un pañuelo, quiso ayudar a María Jacinta.
—No se ve, pero muere. La matan, a la pobre —dijo, temblándole la voz. Y acto seguido volvió a hipar y a derramar lágrimas sin contención alguna.
A María Jacinta no había quien la convenciera.
—No se ha visto que la maten. Vamos, yo no lo he visto.
Loquita se frotó los ojos con los puños. Luego, con la mano abierta, se restregó las lágrimas que le mojaban toda la cara.
—Pues no se ha dado cuenta de que el chico sale solo del Anatómico. Y se va —afirmó, haciendo pucheros, otra vez a punto de arrancarse—. ¡Y se lleva en la mano una bolsa blanca!
—¿Una bolsa blanca…? Sí.
—Pues eso.
—Sigo sin entenderlo, hija; ¿qué quieres que te diga?
Loquita abrió la boca enseñando los dientes, mezclando la pena con la indignación, y entonó poniendo mucho énfasis, como ella solía hacer en esas ocasiones.
—¡Son sus efectos personales!
—Lo que llevaba encima —explicó la madre—. La ropa y esas cosas.
—¿La ropa? —inquirió todavía la invitada, desde su cómodo retrepo en la butaca, con las manos cruzadas en la barriga.
—¡Pues no ha visto usted que al final, el chico, se baja de la moto, se sienta en la puerta de su casa, coge la bolsa y la abre, y saca una por una sus prendas! ¡La camisa que llevaba puesta! ¡Sus pantalones, sus zapatillas! Su pañuelo de campesina —y diciendo esto Loquita ya no pudo contenerse, y volvieron a aflorarle las lágrimas, si bien no con la torrencialidad de antes.
—¿Y eso quiere decir que ha muerto?
—¡Sí, María Jacinta! ¡Eso y otras cosas quieren decir que ha muerto!
—¿Y no podrían haberle dado otro arreglo?
—¿Arreglo a qué, María Jacinta?
—Si es preciosa la película —terció la madre.
—Que se hubieran entendido, mujer. Que no hubiera hecho falta que el chico la matara.
La madre la miró como a un insecto que sale de debajo de los muebles. En Loquita la indignación rayó límite:
—¡El chico no es quién la asesina, precisamente!
—¿No?
—¡No!
—Pues entonces, ¿quién?
—Vamos a ver, madre, ¿ahora qué hacemos? ¿Le contamos la película a María Jacinta o la tiramos por la ventana? ¡Por que si no la tiramos a ella, me voy a tirar yo!

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