Entrevista a Glimko Milko

Vinilo de Turandot.jpgHe llegado el primero, después de sufrir los trámites previos al viaje. Los he vivido como un sueño desestructurado, caótico, incomprensible. Me he instalado sin darme cuenta, mi mente estaría en otra parte.
El despegue estaba programado para las veintidós treinta pero eran las veintidós treinta y cinco y aún no se había retirado la rampa de embarque, ni había subido a bordo la tripulación, ni se había cerrado la puerta. Las azafatas pululaban a lo largo de los pasillos como moscas oscuras.

—¿Pastel?
—No.
—¿Zumo?
—No.
—¿Yogur?
—Nada, gracias. No puedo tomar nada.

Compré ventanilla. ¿Ventanilla para qué, si viajamos de noche? Ahora estamos por encima de un tramado de nubes o sobrevolamos el océano porque se ha venido una oscuridad impenetrable. Mejor, podré dormir y será más corta la travesía. Otro continente nos espera al otro lado y nos recibirá pronto. Quizás al mismo tiempo que amanezca. Una señora, rolliza y animosa, nos servirá el desayuno.

No. Ni desayuno, ni señora, ni amanecer. Nada. Una entrevista en lugar de eso. Bueno, no está mal. Supongo que se hará interesante.
—Bienvenido, señor Milko. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, gracias; muchas gracias.
Un foco me deslumbraba los ojos y no me permitía ver nada. Debía de tener una cara horrible, después de tantas horas de vuelo. Sin embargo no me costó ningún esfuerzo activar mi mente y prepararme para responder a cualquier pregunta.
—Díganos, ¿cómo nació en usted el interés por la música y, en particular, por la lírica?
—Bien. Déjeme decirle, antes que nada, que agradezco el interés de su corporación en mi humilde persona. Mi afición a la música comenzó a una edad bien temprana, debido, pienso, a que, tanto mi padre como mi madre, estaban ligados a este mundo. Desde que puedo recordar, en mi casa siempre estuvo presente la música. En casa se escuchaban los grandes compositores de todos los tiempos, los grandes éxitos de la música ligera, los grandes divos y divas de la ópera. En casa teníamos, quizás, una de las colecciones de discos más completas de toda la ciudad. Mi padre era compositor. Compositor de boleros.
—¡No me diga!
—¡Sí! De su pluma salieron canciones que todo el mundo conoce. Su vida giraba en torno al piano donde componía, en una estancia amplia y luminosa que daba a un jardín interior. Recuerdo, como si fuera una sintonía de mi infancia, aquel tartamudeo del piano, intentando someter la rebeldía de las notas. Mi padre era paciente y tenaz. A veces, pasaba días enteros en los que no se despegaba del piano, ni siquiera para comer. Cuando al fin lograba encaminar aquellos armónicos y había obrado el prodigio de la creación de una nueva melodía, era feliz y nos convocaba a todos alrededor suyo y la interpretaba, para que la conociéramos en primicia.
Mi madre era mezzo-soprano. Trabajaba en una compañía con la que hacía giras durante toda la temporada. Estaba fuera casi todo el año, salvo en ocasiones esporádicas y un par de meses en invierno. Creo que esa entrega fue la causa de que sólo tuviera un hijo, de que sólo me tuviera a mí. Era una mujer culta y distinguida. Lo mismo que a mi padre, a ella la arrastraba también la pasión por la música, pero de otro modo. Ella jamás cantó en casa. Para ella el arte y la vida no iban siempre juntos y cuando estaba en casa quería ser una mujer sencilla, corriente, y liberarse de la tensión, de los admiradores, olvidarse de los aplausos, pisar el suelo.
No es de extrañar, pues, que yo, con pocos años, ya tuviera inclinación por esta vertiente del arte y mostrara interés y dotes para ella. La lírica vino después.
—¿Cómo recuerda sus primeros pasos? ¿Que anécdota o situación le viene a la mente?
—Mi primer contacto con un instrumento fue con el piano de mi padre. El me subía a sus rodillas y me besaba. Yo aprovechaba la situación para hacer la gamberrada. Alargaba los puños y aporreaba de improviso el teclado. El piano emitía sonidos estrambóticos, como si se hubiera vuelto demente o padeciera una bronquitis sin expectoración, y a mí me divertía mucho. Mi padre se enfadaba cuando hacía eso. ¡No, no! ¡Así le haces daño! Es como si yo, en lugar de darte un beso, te diera un capón. Y me lo daba para demostrármelo. Me instaba a cuidar aquel piano como si fuera un ser viviente. Me enseño a extraer de él cada nota y a combinarlas aplicando los dedos con toques precisos y sostenidos… O precisos y rotundos… O precisos y delicados. Me mostró que todos los instrumentos tienen alma y que hay que penetrar en ella para poder ejecutar una melodía.
—¿Y el canto? ¿Cuándo comenzó a cantar? ¿Qué le motivó?
—Eso sucedió después, cuando ya era adolescente e intentaba ligar con las chicas. Ese sí que fue un descubrimiento. Hasta entonces no me había interesado especialmente. Pero un día mi madre me llevó a ver una ópera, y cuando escuché al tenor cantar una famosa aria en el escenario y me di cuenta como palpitaban, con él, todos los corazones de la sala, dije: yo quiero hacerlo. Entonces mis padres pusieron todo lo necesario a mi alcance: los mejores profesores de canto, los mejores músicos. Y yo me esforcé durante unos años para aprender. Cuando al final pude dominar la disciplina, comprendí que la voz es el instrumento más maravilloso que existe. Y que no es necesario penetrar en su alma, como los otros. Porque la voz es la pura expresión del alma.
—Permítame decirle, Sr. Milko, que es una bonita historia. Digna de ser recogida en un artículo de enciclopedia.
—Gracias.
—Únicamente debo puntualizarle algo.
—¿Puntualizarme? ¿Qué es lo que tiene que puntualizarme?
—Que nada de lo que dice es cierto.
—¿Qué no es…? ¿Cómo se atreve?
—Vamos, Sr. Milko, no se excite. Recuerde: está ante usted mismo.
—Ya.
—Relájese, todo irá mejor.
—¡Mis padres eran unas personas excelentes!
—De eso no me cabe la menor duda.
—¡Me dieron cuanto pudieron!
—Estoy seguro de ello. Pero admítalo, Sr. Milko; esta es su fantasía. Y sabe que solo lo digo en su propio beneficio.
—De acuerdo, de acuerdo; una fantasía. Tal vez es como me hubiera gustado que fuese.
—Su madre era ama de casa. Un ama de casa como tantas; sencilla, humilde y heroica a la vez, pero que no tenía mucho interés por la lírica. Es más, diríamos que ninguno.
—Sí.
—Y su padre no era compositor de boleros, sino mecánico, y la música le importaba un pimiento. Su afición favorita, en cambio, eran los deportes.
—Mecánico, sí. Mecánico especialista.
—En su casa, señor Milko, apenas entraba dinero para llegar a fin de mes. Difícilmente habría una extensa colección de discos ni mucho menos un piano. Vivían cuatro personas en un apartamento con dos habitaciones, cocina y aseo que, en total, sumaban cuarenta y siete metros cuadrados. ¿Dónde estaba la estancia que daba al patio?
—En ninguna parte.
—Y no era hijo único, como dice. Tenía un hermano mayor que usted, de nombre Rufino, que se dedicaba profesionalmente al reciclaje de electrodomésticos usados y otros ferrajes.
—Chatarrero, dígalo ya.
—Usted estudió la primaria y al cabo de ella su padre le hizo un hueco en el taller, y comenzó a trabajar como aprendiz.
—Así fue.
—En los primeros años, usted recibió un trato humillante por parte de cuantos trabajaban allí, incluyendo entre estos a su padre; debido, entre otras cosas, a su ensimismamiento e incompetencia.
—Soñaba entonces, como no se sueña ya nunca.
—Años después cambió de trabajo, aunque no de empresa, y comenzó a ejercer lo que sería su verdadera profesión: vendedor de coches.
—El mejor de todo el sur de Europa. Tengo el diploma que lo acredita.
—Bien, Sr. Milko, ahora estamos realmente situados. Ahora, dígame: en verdad, ¿cómo empezó todo?
—No lo sé…
—¿No lo sabe?
—No exactamente. No sabría situar cuándo. No sabría decir por qué tuve inclinación por la música, cuándo nació en mí ni debido a qué. Lo sentí desde mi infancia. Desde que recuerdo. Pero sí que hubo un desencadenante. Sí que hubo una revelación. El hallazgo de un disco.
—Un disco…
—Un día lo descubrí, en casa de mis abuelos. La casa de mis abuelos me llamaba la curiosidad por cada uno de sus rincones. Lo recuerdo muy bien. Mi abuela lo tenía guardado en un cajón de su tocador. Un tocador ajado, antiquísimo, que había pasado de mano en mano, de una mujer de la familia a otra. Recuerdo la impresión que me produjo. La impronta de la portada, el fondo amarillo contra el que se superponía, en negro, el pórtico de entrada a un templo oriental. El título en grandes letras marrones y, bajo él, los nombres. Un título y unos nombres completamente desconocidos para mí. Me extrañó muchísimo ver allí ese objeto. En casa de mis abuelos solo hubo una radio, que yo recordara, y la televisión en los últimos años de sus vidas; nunca un tocadiscos. ¿Qué hacía allí? Quise averiguarlo. Recurrí a mí tío; no podía preguntar a mi abuela, me tacharía de indiscreto, pondría el grito en el cielo por husmear entre sus cosas. Mi tío Paco se echó a reír. Me contó que le había tocado a la vieja en una rifa benéfica, y que no quiso cambiarlo por un dulce de garrota gigante, tal como le ofrecieron los rifadores, a instancias de mi abuelo, ni por una muñeca de trapo ni por ninguna otra prenda. Que se lo llevó a casa diciendo que era eso lo que le había tocado y punto. Las bromas que hacía el viejo a cuenta del premio.
—¿Y qué ocurrió con él?
—Nada. Yo lo miraba con cierta regularidad. Abría el cajón para cerciorarme de que seguía allí. Me aprendí los nombres —todos— de memoria; tanto me fascinaba. Supe, no recuerdo cómo, que se trataba de una ópera. Solo después, muchos años después, tuve medios para conocer más sobre él, para saber qué y quienes había detrás de cada uno de aquellos nombres y, sobre todo, para escucharlo. Escucharlo por primera vez significó una conmoción como pocas había sentido en mi vida. Lloré de emoción hasta no tener más lágrimas. Incluso llegué a darme una explicación de por qué mi abuela lo quiso llevar consigo y tenerlo siempre. Mi abuela, una mujer analfabeta que jamás supo lo que era una ópera ni tuvo un tocadiscos en su vida, tal vez intuyó que allí había algo valioso, realmente valioso. Algo mucho más fuerte que una piedra, que la piedra más dura, aunque se tratara de una sustancia abstracta. Algo hecho de sentimientos.
—¿Y después…?
—Yo estaba convencido de que había nacido para eso, para el canto; que el disco era la señal, y nunca desistí de mi sueño. Quise emular desde un primer momento a esas personas capaces de hacer hablar al alma por su voz. Lo quise hacer. No me importó carecer de medios, de aprendizaje, de maestros.
—¿ Y qué hizo para hacer realidad ese sueño?
—No demasiado, es cierto. No era fácil. No tenía dinero, no tenía tiempo. El trabajo me absorbía, la familia me reclamaba. Nunca me permití abandonar mis obligaciones ciudadanas, dejar de atender mis compromisos sociales. Siempre quise ser una persona ejemplar. Así me educaron y no concebía otra forma de hacerlo.
—Cayó en su propia trampa…
—Me temo que sí.
—¿Cuánto tiempo estuvo infligiéndose ese daño?
—Mucho. Mucho tiempo. Continuamente lo pospuse para después. Después era la palabra que calmaba mis delirios transitorios, después. Porque fue entonces, cuando lo conseguí todo, cuando no me satisfacía nada. Cuando lo tuve y aún había en mi alma una gran falta, una gran congoja. Un nudo por desatarse y una materia intangible pugnando por salir. Después, me decía. Y pasaban los meses, los años…
—¿Hasta cuándo lo pospuso?
—Hasta que las obligaciones dejaron de acuciarme. Hasta que el trabajo dejó de ser esa cruz pesada que se transporta de un cabo a otro del día, todos los días de la vida. Hasta que todo el tiempo fue para mí.
—Se refiere a ese tiempo, escaso y triste, que precede a la muerte, al que llaman “jubilación”…
—Sí. Tuvo que llegar ese tiempo para que me dedicara a lo que de verdad quería. Fue entonces cuando comenzó mi carrera, cuando comenzó mi vida, con mayúsculas. Cuando, después de tanta frustración, pude hacer lo quería. Pude subir a un escenario por primera vez, aunque fuera como aficionado, y cantar… Y tener la suerte de que me viera un empresario. Y de que me ofreciera un contrato, inmediatamente que acabó mi actuación. Y yo, sorprendido y encantado, lo rubricara allí mismo.
—Cuénteme, ¿cómo fue la primera vez que escuchó un aplauso dirigido a usted? Debió de ser muy emocionante…
—Indescriptible. Fue una sensación indescriptible. Como si algo te levantara por los pies y te hiciera levitar, como si el universo entero girara en torno a ti. ¡El aplauso! ¡El aplauso! Paja para la vanidad, diamante para el corazón.
—¿Fue a partir de ahí cuando decidió adoptar este nombre? Porque su nombre legal era García, Juan García.
—Sí, fue entonces. Cuando llegó la fama a nivel mundial. Cuando los anuncios de mis actuaciones requerían un nombre más exclusivo que el de Juan García.
—Ya. Dígame ahora cómo afronta, después de todo, este reto.
—Ilusionado, muy ilusionado. Y nervioso, como en todos los prolegómenos. Con el nerviosismo propio de quien se esfuerza siempre en no defraudar. De quién se exige el máximo en cada actuación.
—¡Señor Milko, señor Milko, por favor! ¡Repórtese, Sr. Milko! No le hablo de “ese reto”, sino de “este”. ¿Quiere acabar de una vez de ser consciente de su situación?
—Lo siento. Lo siento de veras.
—¡No está aquí para iniciar una gira! ¡No está aquí para hacer su entrada triunfal en el teatro de la ópera más grande del mundo! ¡No hubo ningún empresario, ningún contrato! ¡No pasó de aquella primera y espantosa pantomima que sus amigos prepararon, acuciados por la lástima que sentían por usted ante la evidencia de su decrepitud! ¡Usted ya no tenía edad ni tiempo para eso, ni para nada! ¡Todo fue demasiado tarde!
—Demasiado tarde. Demasiado tarde, sí; demasiado tarde. Demasiado tarde…
—¿Tiene algo más que añadir?
—¿De qué sirve ya?
—Eso lo decide usted.
—¿Qué va a pasarme ahora?
—¿Hace falta que se lo diga? Usted sabe que el hombre está solo siempre. En todos los actos, pero sobre todo en los más importantes. La soledad es su sino. La consciencia aún conserva durante un tiempo los atributos ligados al cuerpo, pero poco a poco van desligándose. El lenguaje, los afectos, las sensaciones…
—¿Y el Portero? ¿La Llave…?
—No me haga reír. Todo eso es muy cómico. Sólo queda la consciencia. La consciencia como una luz, cegadora e insomne.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Aquí el tiempo no es una dimensión sino un estado, y usted acaba de caer en él.
—Yo fui siempre una persona religiosa.
—Nunca se le vio aparecer por ningún lugar de culto, salvo para bodas, bautizos y comuniones, pero sabe que al fin y al cabo da igual que lo fuera o no.
—¡Alguna recompensa ha de tener haber sido buen ciudadano! ¡Haber hecho el bien! ¡Haberse portado como es debido!
—¡Ja, ja, ja! “Como es debido”. ¡No puedo creer que a usted, Sr. Milko, un experimentado vendedor de coches, también “le vendieran la moto”!
—Al menos dígame que podré compartir mi dolor con otras almas.
—Lamento decirle que no.
—¡Dígame, al menos, que podré ver al gran Lucciano!
—Me temo que eso tampoco será posible.
¿Ed il cielo?, ¿e l’inferno?
—Son convenciones terrenales. Inventos, como otros muchos, para apacentar al personal. Pero serénese, señor Milko; está usted muy alterado.
—Y entonces, ¿quién es usted? ¿Qué es esta voz que siento surgir desde dentro de mí?
—Su gusano.
—¡Oh, Dios! ¡Quiero morirme!
—Le recuerdo que ya está usted muerto, Sr. Milko.
—¡Pues otra vez!
—En breve pasará al estado de plena consciencia y ya no restará nada de su herencia corpórea. No grite, llegará pronto.
¡Tu pure, o Principessa, nella tua fredda stanza!
—Por favor, Sr. Milko, no me parece que este sea el mejor momento para cantar.
¡Ma il mio mistero è chiuso in me, Il nome mio nessun saprà!
—Le pido que se calme. Toda tensión acumula más luz en la consciencia. No le conviene.
¡Ed il mio bacio scioglierà il silenzio, che ti fa mia!…
—Sr. Milko, está usted dando un espectáculo deplorable. Ante sí mismo, por supuesto.
¡Dilegua, o notte! ¡Tramontate, stelle! ¡Tramontate, stelle! ¡All’alba vincerò! ¡Vincerò! ¡Vince…
—Ya está aquí. Ya llegó. Bienvenido a la eternidad, Sr. Milko.

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