Mochila vacía, mochila llena

Tabernas

   Para Elena Marqués

Tiempo sin venir por los Montes Orientales. Es verano, a la hora de este viaje, y ya se ha segado el cereal. Quiero aspirar el olor de la paja, pararme junto a algún rastrojo, allí donde la circunstancia de la carretera lo permita. Es uno de los olores de los que no puedo disfrutar ya donde vivo, acaparadas las superficies hasta el último centímetro por el olivar. No encuentro ningún desvío apropiado o, cuando lo encuentro, ya es tarde porque estoy a punto de rebasarlo. Atravieso un pueblecito y otro y me prometo hacerlo a la vuelta. Transitando por uno de esos villorrios, dos mujeres mayores están a ambos lados de un paso de cebra y yo reduzco la velocidad. Ellas esperan a que pase, sin embargo. Son dos amigas y no tienen prisas por encontrarse para echar la primera parrafada del día.  Yo advierto por el retrovisor cómo se saludan después, paradas en mitad de la carretera. Pienso en que voy a contarte esto y procuro estar atento a esos detalles, a las impresiones que me gustará trasmitirte. He aparecido por esta comarca, que la mayor parte del año se asemeja tanto a una llanura de la Anatolia, con su frío consustancial, sus campos de sembrados y su monte Ararat al fondo, de nieves perpetuas, y en esta estación del calor muta a campiña americana, con sus máquinas monstruosas de segar el trigo o empacar la paja, con sus extensiones desérticas más allá de los campos de cultivo y sus nombres con sabor a poblaciones californianas de origen español: Gobernador, Delgadillo.

No obstante el destino es Almería y te quiero contar algo de su desierto. De sus desiertos, porque para mí son varios. Antes, una referencia breve del paso por el Marquesado del Zenete. Porque traspasado Guadix y esa fantasiosa depresión lunar de su hoya, se remonta de nuevo al altiplano y allí está La Calahorra y el capricho renacentista de los señores marqueses levantado en lo más alto de una colina. Desde la carretera, la colina parece pequeña y el castillo un Exin de juguete, pero solo lo parece por la magnitud de lo que se levanta detrás: el enorme murallón alpino de Sierra Nevada. Los pueblos que componen la comarca, Ferreira, Alquife, Lanteira, Jeres, viven a la sombra, al pie de esas violentas elevaciones, como puñados de casitas arrojados allí.

Adelanto unos kilómetros, en el llano abierto y la recta, y, en una gasolinera, veo a una chica de espaldas, mientras reposta. Se cubre con un sombrero de paja, viste camiseta blanca con cogidos romanos en los hombros que deja ver por la espalda la cinta ancha de un sujetador blanco. Pantaloncitos vaqueros cortos claros. Pienso que podía ser Loquita de muy joven, con veintitantos. Pienso que la vida empieza ahora para ella, en estas vacaciones.

La propia Sierra Nevada —la línea de su pie de montaña—, te lleva de la mano a la provincia de Almería. Y, nada más entrar, comienzas a descender vertiginosamente hasta Los Filabres. Y aquí la primera etapa de esa desazón, del estrago que produce en el espíritu la contemplación del desierto, del primero de los desiertos. El más desolador de todos, con diferencia, debido a la gravedad del color. Un color oscuro, amarronado de la tierra-piedra. Lo contemplas y te preguntas cómo han podido subsistir ahí —subsisten— seres humanos. Cómo han podido vivir todos los días de su vida levantándose por las mañanas y mirando estas vastas extensiones que oprimen el ánimo. Esos despeñaderos por los que baja el agua de las tormentas, abriendo barrancas desangeladas por las que luego no queda rastro alguno de ella. Esa sed que no permite ni un solo verde. Ni siquiera los pinos o los eucaliptos con los que han intentado repoblar los montes tienen un ápice de ese color vivo, sino el mismo marrón achocolatado de donde asientan las raíces. A la izquierda de la carretera, arriba del todo, en lo más alto de la cordada de los cerros, la cúpula blanca del observatorio de Calar Alto pone una nota exótica.

Llevo bastante tiempo conduciendo y quiero hacer una parada para estirar las piernas, comprar algo de fruta. Pienso, para ello, en girar una visita breve a este pueblecito blanco que hay junto a la carretera, con su arquitectura cúbica, sus colonias de chumberas y su inopinado castillo presidiéndolo desde la altura de un promontorio: Gérgal. Me desvío y me adentro por lo que intuyo como la vía principal. La vida se mueve en él como en cualquier otro pueblecito andaluz a esas horas de la mañana. Hay gente que va a la compra, viejos sentados en un banco, negocios abiertos. Coches de reparto mal aparcados, la placita con grupos de personas conversando. Desde ella miro arriba, al escarpe de un cerro que sobresale en lo más alto. La blancura de las edificaciones acentúa el contraste con la roca marrón. Allí, en aquella elevación casi cenital, también hubo antaño casas. Casas que debían de ser de la capa más modesta de la población, de los pobres entre los pobres, construidas con los materiales misérrimos que daba la tierra. Maderos de árboles raquíticos, bolos y lajas de esa piedra del color del chocolate. Ahora son un amasijo informe, un caos de destrucción que parece el paisaje subsiguiente a un apocalipsis nuclear. Aparco y bajo del coche. Entro en un modesto supermercado. Hay dos mujeres y un hombre a quien está terminando de atender el cajero. Yo doy una vuelta, me paro en el expositor de la fruta, tomo unos cuantos albaricoques. Las dos mujeres y el hombre parece que se despiden pero no acaban de hacerlo. Alargan la conversación de una forma impostada. Pago y aún continúan allí, es posible que preguntándose quién es aquel forastero que solo quiere albaricoques.

Aún andas mucho por aquella comarca, jalonada por ríos secos y baterías de molinos para la generación eólica. La sensación de opresión y calor aumenta con los reflejos del sol en las superficies de la roca desnuda.

Al de Los Filabres, sucede un nuevo desierto, este mucho más conocido. Si bien esa sensación de angustia permanece y la erosión pone en el relieve tintes de degradación extrema, el color es otro. Es este gris con tonos que van desde el cemento al beis aceitunado. Es aquel donde se rodaron las películas del oeste. El del Miniholliwood o el poblado Leone. Una orografía que tiene su réplica en otras de California, Texas, Nuevo México o Arizona, y que hicieron posible estos paralelismos. Pienso en alguien de aquí, en un aventurero originario de estos pagos, que viajara en tiempos al Nuevo Mundo, y, como destino, tuviera acompañar la exploración llevada a cabo por Álvar Núñez Cabeza de Vaca. La magna sorpresa que se llevaría al ver su tierra trasplantada allí. Puede que no diera crédito a sus ojos.

Hay un nuevo y acusado descenso de nivel, un descenso que anticipa la proximidad del mar, y la carretera parece hundirse en los barrancos, uno detrás del otro, uno más profundo que el otro, hasta el punto de que, llegando al desvío de Tabernas, parece que vayas a ingresar en el mismísimo Hades. Y esta sensación se produce porque, mientras pierdes altura frenéticamente, ves elevarse enfrente la mole oscura de Sierra Alhamilla. No obstante es más amable, lo hace más amable el hecho de que el desierto de Tabernas tiene, al menos, esas ramblas anchas donde se cultivan huertos o donde, cuando menos, crece alguna higuera espontánea.

He tomado ya el desvío en dirección a Murcia y dejado atrás Almería. Circulando ahora en paralelo a la costa, me resulta inevitable asimilar el aspecto de lo que voy viendo a un lado y otro con el de un vertedero o escombrera, y no porque esos descampados incultos estén sucios, sino por su propia naturaleza. Me voy aproximando a Níjar. Por una calle de un poblado, paralela a la carretera, camina un señor bastante mayor, ayudándose de unas muletas. Pienso que está en la última parte de su vida, que ya no le es posible la autonomía completa, que todo será despeñarse hacia la muerte de ahí en adelante, y me sirve de acicate, de reafirmación del aprendizaje.

Tomo el desvío definitivo hacia Carboneras que, como sabes, es mi destino. Este es otro desierto, el tercero. Un desierto prelitoral de suelo rojizo cubierto por las matas secas de espartos y aulagas, moteado con algunas notas verdes de retamas y lentiscos heroicos. Aquí y en pleno estiaje, las plantas viven de sus propias y exiguas reservas. En el suelo no queda ni un solo rastro de humedad. Aunque lo viven —o padecen— con cierta alegría, incluso diría que hasta despreocupación. Tienen la esperanza bien fundada de que un día u otro vendrá el agua. No en vano ven de cerca el mar, o lo escuchan o lo huelen, a través de las brisas o los vientos marinos. Ahora que termino de contarte, pienso de los desiertos como de cualquier otra geografía o paisaje: que si lo has conocido y te has sorprendido, lo has empezado a amar.

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