Amarelo (tres instantáneas de la serie)

por manueldemagina

AM676
—¿Estás seguro de que eamarelo.jpgste figurín está dotado de pene y testículos? Tú lo tienes que saber.
Bueno, allí estaba la novísima, con Ricardo. Por fin teníamos ocasión de conocernos. Yo había llegado tarde —demasiado tarde— y aún no sabía nada de ella.
—Dora, te lo pido.
—Lo digo porque es así, tan perfecto, que parece de plástico, como Big John. ¿Sabes si me dejaría comprobarlo?
Vine todo el camino pensando en disculparme con Ricardo; componiendo una justificación imposible. Traía tan dispuestas las palabras que estaban queriendo salirse por sí solas de mi boca. Y al llegar y encontrarme con ellos, ya felizmente casados y casi banqueteados, se me agolparon allí, obstruyendo la salida.
—No le daría un patatús pero no sería aconsejable.
Peinaba un moño alto más o menos elegante, con un mechón suelto rompiendo la disciplina de conjunto. Llevaba un vestido a la rodilla, blanco roto, con falda de vuelo y escote de barco; todo un clásico. Había de reconocerse que iba bien.
—¿Muerde?
—No. No creo que los problemas vengan por ahí.
—¿Entonces?
—No es aconsejable en este preciso momento, espero que lo entiendas.
—¡Si solo es meterle la mano por la bragueta! ¡Un momento nada más!
—Dora, por favor.
Tras ellos, por la puerta entreabierta del salón, se escuchaba el tráfago de los invitados, un garbullo de conversaciones, risas; grititos, choques de platos y cubiertos. Los cristales esmerilados de las vidrieras dejaban entrever una confusa sinfonía de colores.
—¿Has visto esa sonrisita?
—Sí, claro que la he visto.
—Pero no dice nada, está ahí, parado como una estatua. Parece de plástico. Es como Big John, ya te lo vengo diciendo.
—Es de carne y hueso, te lo aseguro.
—Y, ¿por qué lleva ese trasto encima? Ni que hubiera salido de una tienda de antigüedades. ¿Nos va a hacer una foto con eso?
—Parece que sí. Sonríe.
Confieso que me impresionó.
—¡Eh! ¿Has visto? ¡Esa miradita es irónica!
—Es su típica miradita irónica.
—No sé cómo te arriesgas a ponerme delante este figurín, tú sabes que no me contengo.
—Porque es mi hermano, querida. Y porque se ha dignado venir a nuestra boda, aunque haya llegado tarde. Jaquel, esta es Dora. Dora, Jaquel.
Tomé su mano y estampé un beso en ella.
Enchanté, madame.
—¡Mira! ¡Si es pedante y todo!

AM712
Marchábamos por la cima de un monte. El suelo estaba sembrado de guijos y bolos sueltos, tal que el lecho seco de un río. De vez en cuando, del blanco grisáceo que dominaba en aquella planicie, emergía un espino que apenas levantaba un metro. Dora y yo íbamos hablando de nuestras cosas, como era costumbre.
—Quién como tú. De caminata y vistiendo como si fueras a jugar al tenis.
—Ya sabes: voy como me da la gana. Como me sale del coño, si lo prefieres.
Nos importaba menos el deporte, el aire libre, la naturaleza y la montaña. Los demás se habían adelantado bastante, persiguiendo sus marcas y objetivos. Dora detuvo el paso y apoyó su mano en mi antebrazo.
—Me estoy meando.
—¿Y no puedes esperar?
—No. No puedo.
Estábamos al lado de uno de aquellos hoscos arbustos que sobresalían entre los guijarros.
—Venga, aguanta un poco más. Si falta nada.
—Te he dicho que no puedo. Aquí mismo lo voy a hacer. No se ve a nadie
por los alrededores.
—¡Estoy yo!
—Tú no importas.
—¿Cómo que no importo?
—Quiero decir que me da igual.
—¿Que te da igual? ¿Te da igual hacerlo aquí, delante de mis narices?
—Eso he dicho. Aparta si no te gusta.
—¿Adónde? ¡Te estaré viendo desde cualquier parte!
—Tú lo que quieres es que me mee, ya te veo venir.
Y pasó de las palabras a los hechos.
—No mires.
Metió las manos por debajo de la faldita con la suficiente habilidad como para tirar de la ropa interior hacia abajo.
—Te he dicho que no mires.
Luego se agachó. De inmediato escuché el chorrito caer sobre los pedruscos.
—Pero qué cabrón eres, ¿eh? Y qué poco caballeroso. Ya te lo cobraré algún día.
Con una mano mantenía pinzadas las bragas entre rodilla y rodilla y con la otra se apoyaba en un canto. Yo la contemplaba desde lo alto, en un picado genuino. Miró para arriba. Justo en ese momento hice clic. Después le presté mi mano para que recuperara la verticalidad.
—Es lo menos que podías.
Luego observé con detenimiento cómo se las subía.
—De nada.
—Eres un cerdo, ya te lo vengo diciendo. Con ese trasto de mierda siempre encima. Un día voy a coger el carrete y te lo vas a tragar.

AM759
Muy, muy poca gente. El hotel debía de estar casi vacío, la playa no abandonada pero sí muy sola. Ricardo miraba a través de los prismáticos un barco que se divisaba a lo lejos. De vez en cuando emitía una frase corta para informar de lo que veía.
—Solo a motor.
La arena fina quemaba más allá de la sombra. Como prueba, las puntas de los dedos de mis pies. Ricardo no dejaba de mirar a través de los prismáticos, con los codos apoyados en las rodillas; de ese modo tenía una postura descansada y podría fijar la imagen.
—No menos de veinte metros.
A su lado, Dora se tostaba a conciencia. Ya parecía una tostada antes de ponerse a tomar el sol. Le daba en todo el cuerpo a excepción de la cabeza, que mantenía a la sombra; la misma que nos resguardaba a Ricardo y a mí. Cabeza con cabeza, la podía mirar, extendida a lo largo de la toalla. Las piernas flexionadas, con las rodillas elevándose sobre un cielo en plenitud, tan azul que parecía sólido. Los pies escorados ligeramente a derecha e izquierda, plantados sobre la toalla.
—Está virando a babor.
Si enfocaba el perfil, con la nariz y las dos elevaciones del pecho tapadas por la otra parte del bikini, desenfocaría el resto del cuerpo; pero sí, podría valerme. Capturé. Luego dejé la cámara en mi bolsa.
—Hay gente sobre la cubierta.
Adelanté el cuerpo, me estaba tostando los pies. Hinqué los codos, la miré justo encima de su cara. Con las gafas no sabía si me miraba. Me miraría, seguro. Debía preguntarse qué estaría tramando en mi cabecita. Me vigilaría como a una mosca que remolonea. Sobrevolé con los labios muy cerca de la piel de su frente. Más adelante, pasaron por encima de su nariz, luego iniciaron un suave descenso hacia los suyos. Muy lento, calculando el punto y ángulo óptimos para el aterrizaje.
—¡Te lo dije! ¡Te lo advertí! ¿Por qué lo hemos traído con nosotros, eh, por qué?
Se revolvió como una lagartija y le gritó a Ricardo, con una mano sujetándose la pieza de arriba del bikini. En el movimiento felino de ponerse de pie y darse la vuelta, había ensuciado de arena todo lo que había a su alrededor. Ricardo había apartado los prismáticos de sus ojos con visible disgusto.
—¡A ver, niños, portaos! ¡Debí ser yo quien os dejara en casa a los dos!
Dora dio un tirón de su toalla y se la llevó consigo hacia otra parte. Yo decidí ir a sumergirme en el mar. Ricardo ya estaba mirando de nuevo el barco. Vi cómo ella ocupaba otra sombra. Ahí estaría a gusto, sin que la molestara el moscón. Me remojé a conciencia. Nadé hasta bien adentro. Pasé tiempo flotando sobre el agua. Cuando me sentí fresco salí otra vez a la arena. Me senté allí. Luego caminé, acercándome a Dora.
—¿Vas a querer irte a la mierda?
—Creo que no.
—Pues me iré yo, entonces —dijo, incorporándose.
—¡Eh, eh! ¡Espera! Que no me vaya donde dices no quiere decir que no me vaya.
E inicié el camino de vuelta al mar.
—¡Desagradecida! Ahora que venía a refrescarte…
—¿A refrescarme?
—Sí.
Me dejó ir aunque no mucho. No me había alejado más que unos pasos.
—¡Eh, tú! ¿Has dicho refrescar?
Me giré hacia ella. Movía las piernas —flexionadas— a compás; ahora a un lado, ahora a otro.
—Sí, eso es lo que he dicho.
—Creo que puede interesarme.
Volví. Me planté delante como uno de esos vendedores que exhiben su mercancía. Ella se alzó las gafas para hacerme el pedido.
—Ponme treinta segundos.
Lo pensé mucho, la operación no estaría exenta de riesgos. No obstante, me apresuré a hincar las rodillas en la arena, entre aquellas dos piernas tostadas. Adelanté los brazos y apoyé las manos a ambos lados de su cuerpo, como si fuera a realizar una flexión. Dejé caer el mío despacio sobre el suyo.
—¡Ummmm…! Sí que estás fresquito.
Me atrapó y me acarició la espalda. Me sobó el cuello con el mentón.
—Déjate ahí, yo me encargo de contar. Uno, dos, tres, cuatro…
Era delicioso sentir bajo el mío el cuerpo de Dora y ese contraste de blandura y quemazón de su cuerpo desnudo, la tenaza de sus piernas morenas, pero no me fiaba de lo que pudiera estar tramando. No tardó en romperse la magia.
—¡Eh, eh; protesto! Por ahí abajo hay algo que no está tan fresquito.
Pegando la boca a mi oreja, pasó a emplear un tono de confidencia íntima cuanto menos sospechoso.
—Y además está bastante duro, ¿eh, marica?
—¡Joder, joder! ¡No entiendo cómo ha podido pasar!
Me retiré instintivamente, pero ella me hizo regresar a la misma posición tirándome de un glúteo. Me miró a los ojos, yendo con los suyos de uno en otro de los míos.
—Esto no estaba en el trato, pedazo de puerco.
—Es cierto.
—¿Y ahora qué?
—Quince, dieciséis, diecisiete…Ahora nada —dije yo—, disfruta de lo que te
queda. No es mucho.
—Eres un cabrón como la copa de un pino, ya te lo vengo diciendo. Y yo no
soy de madera, lo sabes.
—Más bien lo supongo.
—Y me pones mal, muy mal.
—No era mi intención.
—Ahora no me valen excusas. Tendrás que hacer algo para remediarlo.
—¿Algo?
—Sí, algo. Aunque yo preferiría mucho, ya sabes; pero por lo menos algo.
Estoy segura de que un cerdo como tú tiene todo tipo de soluciones, para todo tipo de situaciones.
—Sí, bueno…
—Pues algo.
—¿Como qué?
—Esa pregunta es una ordinariez en sí misma. Lo sabes de sobra. Algo.
Una muestra, una.., cata.
—Ya. Pero… Este no parece el lugar más apropiado.
—Veintiuno, veintidós… Oh, sí; sí que lo es. No se ve a nadie por los
alrededores. Y aún queda tiempo.
Aproximó más su boca, el susurro volcando en mi oreja una taza caliente.
—¿Qué tal si te bajo el bañador y me aparto yo el mío, eh?
No, no podía ser. En algún lugar debía de estar el gato, encerrado.
—No sé.
—¿No sabes?
—No.
—¿Qué pasa? ¿No quieres?
Movió las caderas con sinuosa perversidad.
—Algo me está diciendo que sí y no precisamente al oído.
No llevaba buenas cartas, pero decidí jugar. Solo por ver hasta donde llevaba el juego.
—Sí, bueno; supongo que sí.
—Bien. Entonces…, ¿me dejas que lo intente?
No me explico cómo pude aceptar. Bajó el bañador hasta que logró descubrirme.
—¡Oiga, señora, venga aquí! ¡Tengo una oferta para usted! ¡Inmejorable!
Me revolví como un caimán. Salí disparado hacia el agua. Me zambullí lanzándome de cabeza. Bueno, era previsible. Emergí a la superficie. Escurrí el agua del pelo y de la cara. Miré hacia donde estaba Dora. ¡Qué bien! Se estaba divirtiendo mucho. Yo también comencé a reír. ¡Gran estúpido! No había ninguna señora por los alrededores. Al otro lado, Ricardo había dejado la observación minuciosa del barco y estaba levantando el campamento.
—¿Habéis terminado ya? Pues venga, recoged, que nos vamos. Es la hora del almuerzo.
Salí del agua con intenciones muy aviesas. Ella lo advirtió y le dio tiempo a prepararse. Antes de que la tuviera a tiro, echó a correr. Fui tras ella a toda máquina. Los pies se hundían en la arena e iban levantando pequeños volcanes. Corría como una auténtica gacela, aunque yo no me quedaba atrás. Pasamos por el lado de Ricardo como un fotograma de película. Tiró por la línea de playa. Luego dio un quiebro para correr en sentido contrario. Casi me deja tirado, pero me recompuse y a poco le estaba pisando de nuevo los talones. Volvimos a pasar cerca de su marido y le gritó.
—¡Haz algo, joder!

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