Una bonita caja de amor

por manueldemagina

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—Anda, ve a ver qué le pasa a ese desgraciado.
La persona a quien se refería el jefe era un compañero, el encargado del almacén número cinco. Él salió, cerrando la puerta del tres. En el frontal de la nave estaba el nombre del negocio, en un gran letrero (D’amor), y el emblema: un corazón en rosa chicle, con una de mayúscula cromada perforándolo a modo de pirsin. Subió al coche y se encaminó hacia la salida del polígono.
Apenas quedaba tarde; las tardes duraban un suspiro. La estación avanzaba hacia el otoño profundo, cercano al invierno, y eso se dejaba notar en lo huidizo del sol, en el soslayo de la luz. Un manto de bruma iba subiendo desde el mar a la montaña. Tomando hacia la autovía, el aire olía a humedad y a hojas secas de naranjo descomponiéndose en el suelo de los bancales. Los árboles, en sus perfectas alineaciones, parecían haber caído en desgracia y eran ya una pura mancha de sombra. Verdaderamente el tiempo invitaba a la melancolía, cuando no a abandonarse a la más profunda de las tristezas. Los espíritus débiles tenían mucho que temer en esas tardes fugaces. Estaba bien tener algo a mano para mitigar el bajón, para restablecer el ánimo, con lo que sentirse confortado, y ahí entraban ellos, su empresa. Si bien trabajaban durante la mayor parte el año —todo el año había demanda de producto—, el mayor volumen de negocio se concentraba en torno a aquellas fechas. Aunque llamar producto a lo que vendían era solo una convención, como se encargaba de remarcar el jefe. “Porque llamar así a una manera de hacer el bien es casi una canallada”.
Él estaba contento con su puesto de trabajo. Muy contento, tendría que decir. El trabajo no daba problemas, ningún problema. Todo estaba preparado para que una sola persona manejara cada almacén con desahogo. Cada uno de los centros estaba robotizado y la faena solo consistía en vigilar que todo marchara según lo previsto y entregar los pedidos al mensajero. Abrir, cerrar puertas, cada comienzo y término de jornada. No podía ser más sencillo, ni más cómodo. En realidad, pasaban la mayor parte del tiempo desocupados, entretenidos en lo que a cada uno se le antojaba. No entendía que hubiera empleados conflictivos con esas condiciones.
Consumía distancia sobre la autovía en un vuelo de rodadura y se lo preguntaba. Se preguntaba qué le habría pasado al compañero. Qué habría sucedido en el cinco. Qué habría sido para que el jefe le hiciera recorrer cerca de cien kilómetros y obligarle, con ello, a dejar uno de los centros fuera de servicio durante horas en uno de los momentos de mayor tráfico de mercancía. Si hubiera ocurrido un fallo en alguno de los sistemas, habrían avisado al técnico de turno. El horario comercial iba de cuatro de la tarde a una de la madrugada y era en ese momento, a partir de las seis, cuando comenzaban a llegar los pedidos. Y había un compromiso en el tiempo de entrega que establecía un límite corto y riguroso. Debía de tratarse de algo grave. Ahora no estaría viajando hacia ese almacén de no ser así. Mejor sería que se fuera haciendo el cuerpo. Pero si hubiera habido un problema de salud… habrían avisado a Urgencias. Tampoco tenía sentido nada de eso.

Llevaba ya un buen rato desplazándose a todo lo que daba el coche. Sonó el teléfono.
—¿Qué te falta, Corominas?
—Estoy llegando. Apenas veinte kilómetros.
—He desviado los pedidos al resto de almacenes; no nos podemos permitir espectáculos con los mensajeros, tú sabes de lo que te hablo.
—Perfectamente, señor Puig.
—Date prisa.
—Ya, ya me la doy.
—Te llamo dentro de unos minutos, ¿bien?
—Como usted quiera.
Colgó. El jefe parecía inquieto. La noche había caído como un negro embozo y ahora solo se veían las luces de los coches, del alumbrado de las zonas urbanas y de las áreas industriales. Se estaba acercando a la ciudad vecina. Hacía mucho que no había ido por allí y lo único que recordaba era el laberinto de circunvalaciones, incorporaciones, desvíos y rotondas hasta llegar al emplazamiento del almacén. Activó el navegador para evitar equivocaciones que le hicieran perder tiempo. Ya tenía allí el indicador de salida de la autovía. Dio la intermitencia. Lo tomó. Poco después recibió una nueva llamada del jefe.
—¿Estás ya ahí?
—No, señor Puig; aún no.
—Hace más de una hora que no me coge el teléfono, desde el mismo momento en que desactivó el vigilante.
—¿Que ha desactivado el vigilante?
—Sí, eso es lo que ha hecho.
—¿Qué le ha podido pasar?
—No te habría avisado si lo supiera. Como imaginar puedo imaginar cosas, igual que tú también puedes.
—Ya. Bueno, lo vemos. Estoy ahí dentro de nada.
—Te llamo un poco más tarde, ¿bien?
—Mejor le llamo yo cuando llegue.
—Como quieras.
Atravesaba uno de los barrios de la periferia. Lo transitó hasta la salida a la zona industrial. Aceleró en la vía que llevaba hacia donde estaba radicado el número cinco. Cruzó el polígono, desierto a esas horas, hasta que se halló delante. Descendió del coche. La puerta del almacén estaba abierta, la calle iluminada de tramo en tramo por el alumbrado público. El interior de la nave, sin embargo, en penumbra, solo quebrada por la luz interior de la mínima oficina. Entró para evaluar la situación. La escena que contempló le causó un fuerte impacto. Salió raudo para informar al jefe.
—¿Qué pasa, Corominas? ¿Qué le sucede?
—Está…
—¿Cómo está?
—Está…, llorando.
—Llorando…
—Sí. Como se lo digo.
—No, si no me extraña. ¿Y sabes por qué, le has podido preguntar, te ha respondido algo?
—Sí. Dice que…
—¿Qué, Corominas?
—Que quiere una.
—¡Acabáramos! ¡Que quiere una!
—Sí. Que por qué no puede él tener una, que tiene derecho. Es lo que dice.
—Que tiene derecho… ¡Menudo gilipollas! ¡Será por que no lo advertimos cuando se entra en la empresa! ¡Será porque no lo machacamos una y otra vez! ¡Será porque no se firma en las condiciones del contrato!
—Ya verá como no es nada importante, no se preocupe.
—¿Cómo quieres que no me preocupe? ¡Él sabe que en eso no se puede caer! ¡Que no se lo puede permitir! ¡Que ninguno de nosotros se lo puede permitir! ¡Ni siquiera yo me lo puedo permitir!
Eso era verdad. Ninguno de los que trabajaban en la empresa podía permitirse creer en una mentira tan gorda, ser tan débil de carácter como para hacerlo; eso estaba reservado para los clientes. No obstante, se le hacía muy duro escuchar al compañero; el llanto era desolador. Los lamentos y los hipidos llegaban hasta donde estaba él, en medio de la calle. A veces dejaba escapar un escalofriante alarido de dolor. De tanto en tanto formulaba y lanzaba al aire las terribles preguntas: “¿Por qué?” “¿Por qué no puedo yo tener una?” Y esas interrogantes golpeaban como martillos en el silencio y la soledad, la nocturnidad del polígono.
—Mira, vas a entrar y le vas a soplar, de mi parte, un buen par de hostias; de estas de chuparse los dedos.
—¡Señor Puig!
—No, tú me entiendes, Corominas. Tú eres un hombre sensato, con los pies en la tierra. No sabe lo que se está jugando. Esas criaturas que tiene por familia no se lo merecen. Tú sabes la que se puede buscar por este camino.
No le respondió nada, tenía toda la razón.
—Y, vamos a ver, si yo fuera una persona despreciable, que paga sueldos de miseria, que no para de joder a los empleados… Pero ese no es mi caso, ¿verdad, Corominas?
Verdad. Había que reconocerlo. Todas las condiciones eran buenas. El trato siempre amable y cercano. El propio empresario el primer currante.
—Si fuera decirlo y plantarse allí, ya se las habría dado yo a ese imbécil.
—A lo mejor no hace falta. Si le hablo y consigo que razone.
—Pues ve, ve. Inténtalo. Por mí, inténtalo. Pero ya verás como no a va ser. No va a ser porque este ha hecho algo de lo que no debía y a estas alturas tú lo sabes igual que yo.
Entró de nuevo al almacén. En el cubo iluminado de la pequeña oficina no había nadie. Antes había encontrado allí al compañero, sentado en su puesto, frotándose con las dos manos la calva, en medio de un llanto torrencial. Las lágrimas le inundaban la cara; tenía los ojos hundidos en las cuencas, las facciones crispadas y desencajadas. Al verlo entrar a él, se acrecentó su angustia, lloró como no había visto hacer a nadie hacía mucho tiempo; derrumbándose sobre la mesa, extendiendo los brazos y tirando por el suelo cuanto se encontraba en ella. Él había intentado en todo momento mantener la calma, estar frío. Le dijo que aquello no tenía sentido, que era una estupidez, y le avisó de las consecuencias que le podía acarrear. Ahora la pequeña oficina estaba sola y no se escuchaba nada ni se le veía por ninguna parte. Decidió llamarlo a voces.
—¿Romero? ¡Soy yo, Corominas!
Su propia voz resonó en la amplitud de la instalación. Echó un vistazo a los pasillos desde la cabecera de la nave. Estaba todo oscuro como boca de lobo.
—¿Romero? ¿Dónde estás?
Una voz agria y hostil le llegó desde la profundidad del almacén.
—¡Vete!
Él no hizo caso; era su compañero, debía intentar ayudarle. Sin embargo, tuvo que salir disparado de allí, corriendo a toda prisa. Desembocó en la calle con el tiempo justo. La puerta principal se cerró tras él como una guillotina que hubieran soltado desde lo alto. Impactó en el suelo haciendo un ruido ensordecedor y levantando una nube de polvo. Solo quedó abierta la hoja de la pequeña puerta de servicio. Él miró atrás respirando con agitación; horrorizado, incrédulo, atónito por la sorpresa; sintiendo al mismo tiempo el alivio de haberse puesto a salvo. Todavía estaba nervioso cuando se puso al teléfono.
—¿Señor Puig?
—¿Qué ha pasado, Corominas?
—Nada. Que se ha cerrado la puerta. La ha cerrado él, mejor dicho.
—¿Y con qué intención? ¿Se puede saber?
—No lo sé. Él está ahora dentro y yo fuera.
—¿Que él está dentro y tú fuera? Vamos a ver, ¿no estabas tratando de convencerlo?
—Sí… Pero verá… Me ha echado.
—¿Que te ha echado?
—Sí.
—¿Me estás diciendo que te ha echado a la calle?
—Sí.
—¡No me lo puedo creer!
—Yo tampoco entiendo su reacción, créame.
—¡Hijo de puta! ¿Y cómo lo ha hecho? ¿Te ha intentado pegar, te ha amenazado con algo?
—No.
—¿Entonces?
—¿Usted sabe lo que es un pitbull?
—¿A qué viene que me preguntes eso?
—Respóndame.
—Un perro, ¿no?
—Pues esa es la cara que ha puesto. La de un pitbull atacando.
—¡Venga, Corominas; no jodas!
—Me ha dado mucho miedo, se lo aseguro.
—No puede ser. ¡Si ese tipo es una acelga mustia, si no tiene cojones para nada!
—Usted no lo ha visto. Es como un perro rabioso. No es él, es un perro rabioso.
—¿Y ahora, qué? ¡Me cago en mi madre!
—No sé. Puedo hacer un último intento. Último, eso sí. Si usted quiere.
—Yo a estas alturas no sé ni lo que quiero. Pero anda, ve. Ve, Corominas. No tendrá con qué pagártelo en toda su puta vida.
Se acercó a la puerta de servicio. Se introdujo apenas.
—¿Romero? ¡Romero! ¡Déjame que intente ayudarte!
Si no retira pronto la cabeza juraría que se la hubiera arrancado de una tarascada. Huyó aterrorizado al otro lado de la calle. Nunca había visto a nadie así. Los ojos encendidos de ira, el rostro descompuesto, los dientes de un monstruo. Fue hasta el coche, entró en él, bloqueó las puertas. Ya ni allí se sentía seguro.
—Señor Puig…
—Dime, Corominas. ¿Qué ha pasado ahora?
—Lo mismo que antes, o peor. No me deja entrar siquiera. Creo que debería llamar a la Policía.
—¿A la Policía?
—Sí, creo que es lo mejor. Lo veo capaz de hacer cualquier cosa.
—No podemos hacer eso, Corominas; no podemos hacer eso. Es llamar a la Policía y ya lo saben los medios. Y en cuanto salgamos en los medios con un asunto como este se nos viene la ruina encima. Este negocio es muy sensible, tú lo debes de comprender. Una sola publicidad negativa y nos echa a pique.
—¿Y qué sugiere?
—No lo sé. Déjame que lo piense un momento. Te llamo en dos minutos.
Estaba allí, encerrado en el coche. Echaba un vistazo de vez en cuando a la puerta del almacén; luego a la calle solitaria, después a los espejos retrovisores. Así una vez y otra. A veces creía ver los ojos iracundos de Romero asomar entre la oscuridad, sus dientes amenazando; venir de él un áspero, ronco gruñido de perro. Los minutos se le estaban haciendo siglos.
Al fin, el teléfono rompió a sonar.
—He avisado a un par de personas de mi confianza. Llegarán en media hora como máximo. Tú no te muevas de ahí, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, señor Puig.
—¿Estás bien?
—Sí, bien; descuide.
Los personas de confianza del señor Puig tardaron mucho menos de media hora en llegar. Lo hicieron en un furgón. Bajaron tan pronto como el conductor echó el freno. Eran dos tipos atléticos. Uno de ellos llevaba un rifle en las manos.
—No temas, no le vamos a hacer ningún daño. No es más que un sedante.
Entraron, dieron todas las luces. Al rato sacaron de allí a Romero como si fuera un bulto de grasa. Lo arrojaron a la parte de atrás del furgón y cerraron las puertas. Se sacudieron las manos.
—Ya está. Nosotros nos vamos.
—¿Dónde lo llevan?
—Al médico. ¿Quieres venir?
—No. Estoy esperando las órdenes del jefe.
—Pues hasta luego.
El furgón arrancó muy acelerado. A su paso levantó trozos de papel y plástico. La calle volvió a quedar solitaria. Una pila de palés con flejes y restos de embalaje, un contenedor lleno de cartones. El jefe llamó poco más tarde.
—Corominas…
—¿Sí, señor Puig?
—Haz lo que te voy a decir y luego vuelves a tu puesto de trabajo.
—Como usted diga.
—Ve hasta el cuadro de control del vigilante. Tú sabes dónde está, en el mismo sitio que el del número tres y el del resto de los almacenes. Venga, ve; que yo te espero.
Caminó despacio, sin prisa, hacia la entrada de la nave. Traspasó la puerta de servicio. El interior resplandecía ahora como un luminoso corazón.
—No me ha gustado nada esa gente, señor Puig.
—No te preocupes; son unos amigos míos, de la perrera.
Entró mirando a todos lados, todavía con la escama. Allí estaban las dichosas, caprichosas, deseadas cajas de amor de la marca. Cada una de su manera, con sus propios diseños, colores y tamaño; no había dos iguales. Apiladas en las estanterías, protegidas por sus envoltorios. Se internó hasta situarse frente al sitio donde debería estar el cuadro.
—¿Estás ya ahí, Corominas?
—Sí.
—Bien, pues abre y teclea el código de rearme que te voy a dar.
—Hay un problema, señor Puig.
—¿Qué problema?
—Que aquí no hay ningún cuadro de control del vigilante.
—¿Qué me estás diciendo?
—Que no lo hay. Lo ha debido de arrancar. No quedan más que los cables sueltos.
—¡Mala persona! ¡Desagradecido! ¡Así se lo coman los piojos! Bueno, mira, apaga y cierra, si es que están las llaves.
—Están.
—¡Pues venga!
Qué raro e inquietante le parecía ahora todo aquello. El dramón del compañero, los métodos del jefe. Todo por haber violado, supuestamente, una de esas cajas (o diez o cien, quién sabe) que en realidad no contenían nada. ¡Nada! Aire. Vacías. Vacías todas. Claro que no era eso lo que se publicitaba sino todo lo contrario. Que estaban llenas de amor y que el amor no es una materia visible. ¿Y quién podía dudar de eso? Ningún argumento tan bueno para sostener el negocio de las cajas de amor.
Él también había abierto una, aunque estuviera estrictamente prohibido. Tal vez todos lo hubieran hecho. Cualquiera, en las largas horas muertas, simulando un apagón, una avería, se habría entretenido en desembalar, abrir y mirar el interior de una o varias de ellas. Y luego se habría ocupado, como él, en dejar todo en su sitio, tal y como estaba. Las cajas eran bonitas, de colores brillantes, eso era cierto; pero nada contenían. Nada.
Adelantó unos metros. En uno de los pasillos estaba parado el robot, la cabeza lectora mirando hacia uno de los estantes, el piloto de función parpadeando todavía. Fue a los mandos y lo apagó. Luego hizo lo mismo con las luces. Antes de salir por la pequeña puerta de servicio, echó un último vistazo al interior oscuro del almacén. En una esquina del fondo, había un extraño resplandor.

 

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