Loquita Nena en: Buena samaritana

por manueldemagina

buena samaritana1Vio de lejos a María Jacinta, tirando del carro de la compra. Se notaba que iba haciendo un esfuerzo considerable. Se paraba de vez en cuando para recuperar el aliento. Miraba, mientras tanto, a un lado y otro, a la gente que la sobrepasaba. Luego volvía a empuñar el carro y a tirar de él la pendiente arriba. La pendiente muy suave —Taurot un barrio prácticamente llano—, pero es que María Jacinta estaba muy mayor y con evidente sobrepeso. Loquita cambió la velocidad a la que marchaba por otra más lenta. Acortó los pasos a pasitos, casi de zapato sobre zapato, para no toparse con ella. Calibró la posibilidad de coger por otra calle. No le sería difícil ni costoso. Quizás un poco más largo. La distancia con la anciana iba disminuyendo, a pesar de ir tan despacio. Aunque la pretensión fuera evitarla, Loquita tenía su poca de mala conciencia. La mujer allí delante, apenas a una veintena de metros, tirando del carro como podía, y ella, joven y fuerte, pensando en darle esquinazo. ¡No le daba nada! La entristeció mucho mirarse al interior y ver lo miserable que era. Se le cayeron dos lagrimones, gordos como huevos kínder. Entonces aprestó el paso hasta situarse justo detrás de ella.
—¿Qué, María Jacinta; de la compra?
María Jacinta tardó un rato en contestar. Primero se paró, tomó aire, la miró. Luego sacó un pañuelo de un bolsillo y se enjugó el sudor que le empapaba la frente. Lo dobló cuidadosamente y se lo volvió a guardar.
—Sí, hija mía. De la compra.
—Déjeme que la ayude.
Fue a tirar del carro y este se resistió a inclinarse para ser arrastrado. ¡Caramba —se dijo—! Lo agarró con las dos manos esta vez y tiró de él con ganas. Logró inclinarlo y arrastrarlo; aunque, incluso ella, tenía que ir haciendo un esfuerzo considerable. Se pusieron de nuevo en marcha.
—¿Qué ha cargado, María Jacinta? ¿Baterías para camiones? ¿Esculturas de Berrocal?
—¿Por qué lo dices?
—¡Porque pesa como un condenado!
—Sí es verdad que pesa. Pues nada, la compra para toda la semana, hija; qué va a ser.
—Ha debido comprar comida para un ejército.
—¿Qué?
—¡Nada! ¡Cosas mías!
Loquita tuvo que fajarse como una mula para arrastrar el carro en el trayecto que restaba hasta el bloque de María Jacinta. María Jacinta iba delante de ella y ni siquiera se preocupaba de mirar atrás, de preguntar cómo se encontraba o si quería que la relevara; como si Amparo fuera una empleada de hogar a su servicio. No iba diciendo más que: “Ya falta poco”. “Ya falta poco”. Llegadas al portal, Loquita llamó al ascensor. Entraron, se cerró la puerta. El ascensor se fue llenando de abajo a arriba de efluvios corporales no demasiado recomendables, hasta hacer el aire irrespirable. Loquita no podía aguantar más y se pinzó la nariz. María Jacinta se extrañó mucho.
—¿Te pasa algo?
Contestó sirviéndose de un dedo para señalar.
—¡A mí, no! ¡A usted, sí!
—No sé lo que me quieres decir con eso.
—¡Que necesita visitar la ducha más a menudo, María Jacinta!
—Pues si yo la visito casi todos los días…
—¿Casi todos los días?
—Casi todos los días, hija mía. Tú vas y la ves y está tan limpia como los chorros del oro.
—No es eso.
—¿Qué?
—¡Que no es eso!
—Entonces…
—¡Que es usted una guarra! Joder, ya. Esta mujer… Es imposible…
—¿Una guarra?
María Jacinta quedó un tanto triste y dubitativa. En eso se paró el ascensor, se abrió la puerta y al otro lado había un señor esperando. María Jacinta miró al señor. Salieron ellas, entró el. Luego caminaron hasta la puerta de la vivienda. María Jacinta fue repitiendo por el pasillo: “Una guarra”. “Una guarra”. Metiendo la llave en la cerradura, respondió a su agravio.
—No me gusta eso que has dicho, que lo sepas. Porque no es cierto. Yo he sido siempre una mujer decente. Siempre. Lo que no pueden decir otras.
Loquita soportó la coz, aunque no se dio por aludida.
—¡Que no me refería a eso!
—Entonces, ¿a qué?
—¿A qué va a ser? ¡Que no se lava, que no se friega lo suficiente!
Una vez dentro, María Jacinta cerró la puerta y se echó las llaves al bolsillo.
—Eso sí que no es verdad. Aquí se lava y se friega todos los días; aunque sea el paño de cocina.
Loquita se quedó perpleja. No sabía si María Jacinta había pretendido hacer una metáfora con lo del “paño de cocina” o se había salido por la tangente una vez más. Desistió de insistirle.
—Anda, ya que estás aquí, porque no me ayudas a sacar todo y a colocar. Solo será un momento.
No le hacía ninguna gracia, pero Loquita pensó que, llegada hasta aquel punto, qué más daba un poco más. En la cocina, fue sacando abastos del carro y repartiéndolos sobre la mesa, la encimera; mientras María Jacinta colocaba en donde estimaba conveniente. Sacó dieciocho barras de pan, un tambor de detergente, papel higiénico, un queso, un jamón sin deshuesar, medio saco de patatas, una coliflor, una gallina para pepitoria, acelgas, zanahorias y una gavilla de puerros. Yogures, pasta, pescado congelado y una malla de naranjas. Conserva de tomate, vinagre y una caja de envases de leche desnatada. Y ya creyó que el carro estaría vacío. Pero miró bien y resulta que no, que abajo del todo aún venían tres melones manchegos, del tamaño de ojivas nucleares, y una cosita más que brillaba en el fondo, pero que dejó para después. Apenas tuvo fuerzas Loquita para sacar los melones de lo más hondo del carro. Una vez que los tuvo fuera y reunidos preguntó a María Jacinta.
—¿Y esto? ¿Se come tres melones de este jaez a la semana?
—Ay, no. Son para guardarlos.
—¿Para guardarlos?
—Sí. Para Navidad. Es que ahora están más baratos, ¿sabes? Los mismos los cogen y los meten en las cámaras y luego los sacan al triple de precio, los muy bribones. Pero a mí no me las dan.
—¿Y dónde los guarda? Usted no tiene cámara, que yo sepa.
—Ahí.
María Jacinta señaló a un armario empotrado, en el pasillo.
—En unas cajas que hay abajo, ya las verás.
—Unas cajas que hay abajo…
Loquita abrió el armario. En efecto se encontró con varias cajas bajo los abrigos y los vestidos momificados que apestaban a rancio alcanfor. Las abrió.
—Ahí, en esas cajas —confirmó la dueña.
—¡Estas cajas están llenas de bolas y espumillones, María Jacinta!
—Pues ahí. Es donde mejor se conservan, ya te lo digo yo. Tú mételos ahí.
Loquita fue dejando cada una de las enormes cucúrbitas en cada una de las cajas. Qué ocurrencias tenía aquella mujer. Los melones con los espumillones. Aunque, bien mirado, rimaba y todo.
¿Y la cosita? ¿Qué sería? Volvió al carro y escudriñó otra vez dentro de él. Sacó el objeto. Eran una especie de alicates, recubiertos todavía con su blíster.
—¿Y esto, María Jacinta?
—¡Ay, que ya se me olvidaba! Para las uñas de los pies. Que ya que estás aquí, hija mía, que no tengo quien me las corte.
Loquita se quedó a punto para un acceso de rabia o llanto, tanto daba. Ahora pensar en los pinreles de María Jacinta y esas uñas rapaces que debía de tener y le daban arcadas. Estalló de ira contra sí misma por dentro y luego por fuera.
—¡Esta y no más, santo Tomás!
—¿Qué?

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