Alguien te espera en algún lugar

por manueldemagina

Puede que el portero de un hostal haya conocido a las personas y vivido las situaciones más diversas, o puede que no. Puede que haya pasado su vida profesional de portero de noche (¡Portero de Noche! Eso es una película, ¿no?) de forma anodina, entregando llaves a viajantes y turistas de medio pelo. Puede que haya llevado una vida profesional así de aburrida. Puede que ni siquiera haya tenido una “experiencia profesional dilatada”, como se dice en las ocasiones solemnes, sino una corta y menguada. Puede que el portero la tenga corta y menguada. La experiencia. Puede que el hombre estuviera en paro hace seis meses y su trayectoria profesional se reduzca a tan sólo seis meses, con lo cual no haya podido conocer a las personas y vivido las situaciones más diversas, sino que eso le quede aún muy lejos y tal vez (por su edad avanzada) a una distancia imposible. El portero nocturno (ya no le voy a titular “de noche”, que está cogido) de un hostal en el centro de Madrid.
Sin embargo, intuyo que la hipótesis más acertada es la de que lleva en el oficio mucho tiempo, por no decir toda la vida. Casi podría asegurar que desde que era un mozo imberbe. De otro modo, no hubiera mirado a Anzée de la manera en que lo hizo cuando éste le dijo lo que le dijo. Después de que Anzée se despertara temprano aquel día y recogiera todas sus pertenencias, cerciorándose de que no dejaba nada en los cajones de la mesita, y lo empaquetara todo, salvo un objeto que debía llevar en mano. Después de que saliera y arrastrara la maleta a lo largo del pasillo y bajara las escaleras hasta la recepción. Después de que saludara y, tras los trámites previos de entregar la llave y recoger la factura, pagara el importe de las dos noches al precio convenido. No; si el portero fuera un novato, no lo hubiera mirado de esa manera. Y no porque, a pesar de haber alojado a Anzée en la peor habitación del hostal, un cuartín minúsculo que bien pudo ser una guardarropía, con un baño en el que había que entrar a lavarse por partes: ahora la pierna, ahora la mano, luego el cuello; imposible todo el cuerpo junto. No porque, a pesar de eso –digo-, Anzée, agradecido y generoso, le diera las gracias y lo felicitara en nombre de todo el establecimiento por los servicios prestados, no. Que podía haberlo hecho, podía haberse sorprendido por ello, incluso mosqueado… Pero no, no fue por eso, sino por lo que Anzée le pidió después, justo antes de salir de la recepción hacia el ascensor y abandonar el hostal, por lo que el portero puso esa cara y se supo sin lugar a dudas de su larga experiencia en el oficio.
No habría ya cosa que le sorprendiera demasiado, ningún acto, ninguna peculiaridad humana o suceso imprevisible que le hiciera perder la compostura, la expresión calculada, la calma y la distancia, y sin embargo la petición de Anzée lo puso a prueba. Nada: un movimiento facial casi imperceptible, un desplazamiento oblicuo de sus ojillos, unas gotitas de sudor delatante en su calva, un ligero desacomodo. Tan sutiles, que para un observador ajeno pasarían completamente desapercibidos. Un gesto parco cuando Wild Anzée depositó el sobre encima del mostrador. Un sobre color caña de tamaño un poco más grande que la cuartilla. Un sobre “airbag”, como llaman en la jerga de las papelerías, con un acolchado plástico de burbujas de aire, en el que suelen enviarse a través de correos o de mensajería los materiales delicados a los que se quiere proteger de los golpes del transporte.
Una mirada grave, que contenía un análisis rapidísimo, yo diría que ultrasónico, de la figura de Anzée y de sus posibles intenciones, cuando éste le dijo que si no le importaría entregar ese sobre en mano a la persona cuyo nombre figuraba en el anverso. Una mirada que, a la par, contuvo un asomo de malicia cuando vio que el nombre era de mujer y escuchó decir a Anzée que se trataba de una amiga. Y cuando añadió que vendría a recogerlo después, veinticuatro horas más tarde, pues no se encontraba en ese momento en Madrid. ¿A qué amiga se le deja un sobre en un hostal para que vaya allí a recogerlo? ¿De qué amiga puede tratarse para que este tipo no tenga su dirección ni un amigo o conocido común para hacérselo llegar? Un portero debe estar muy prevenido para que no se la den con queso, para no dejarse engañar, manipular y mucho menos utilizar como correo barato, a saber con qué fines.
Y no respondió directamente que sí o que no, hizo un gesto con su cabeza entornando los ojos y bajando un poco la barbilla, anunciando con él a Anzée su aprobación pero con muchas reservas, aunque no lo hiciera explícito en favor de la deferencia que siempre debe mostrarse hacia los clientes. Unas reservas que, en la trastienda, una vez se hubiera marchado Anzée, el portero habría expresado de un modo más contundente: “Sí, tú vete, que yo haré con el sobre lo que me salga de los cojones”. Pero en ese momento crucial, Anzée dio un paso más. Un paso más para convencer al portero de que no ocultaba ninguna treta. Abrió el sobre por la pestaña que pone: “para inspección postal, abrir aquí” y le mostró lo que contenía: un libro y una película almacenada en un dispositivo usb flash. Ahora el portero estaría más tranquilo pero también más perplejo. Libro y película, y mostró el sobre vacío ante sus ojos antes de volver a meter los objetos y cerrar la pestaña de inspección postal. El portero lo guardó, aparentando confianza. Dígale que deber venir entre las nueve de la noche y las nueve de la mañana, es mi horario de trabajo; salvo miércoles, que descanso. Y Anzée ya no tuvo duda de que, si llegaba su amiga a recoger el sobre, el portero se lo entregaría.
Esto podría terminar aquí, este podría ser el final de una anécdota más o menos divertida, si no fuera porque, en este punto, las cavilaciones pasaron a la cabeza de Anzée. ¿Qué haría el portero con el sobre las largas horas que quedaban hasta que llegara su amiga, si es que ésta llegaba? ¿Sería el portero un hombre curioso? ¿Podría llegar a intrigarle tanto el contenido como para atreverse a violar el sobre? Anzée pensó que era probable, muy probable, que lo hiciera; más aún cuando tenía tantas horas de soledad que matar. Parte de la tarde, parte de la mañana y toda la noche. Doce horas de soledad apenas interrumpida. La responsabilidad moral del portero ante su encargo, si es que pudiera haberla, se diluiría a la menor picazón. Quizás (todavía quedaba esa posibilidad) no leería el libro, a lo más le echaría un vistazo. Pero no lo leería si no era un lector habitual, de lo contrario, sí. Aunque, teniendo en cuenta las estadísticas, esta contingencia era la menos probable. La más era que viera la película y era lo que menos quería que sucediera. Para ello sólo tendría que insertar el dispositivo usb en la ranura correspondiente del ordenador de la recepción y sentarse tranquilamente a ver, a una hora en que todo el mundo estuviera dormido y nadie le importunara. De todas formas Anzée imaginó primero la posibilidad de que fuera un lector y le llamara la atención el libro, ese libro en cuya portada aparece una mujer sentada en el suelo, con la espalda apoyada en un mueble de la casa. Con las piernas desnudas y extendidas, cruzadas una sobre otra, con la mirada perdida y un gesto en su cara de introspección, de reflexión. Con las manos juntas en el regazo de un vestido sencillo, blanco. La mujer es hermosa, pelirroja. Cerca del canto, la fotografía de portada sesga una planta de interior que bien pudiera ser una bilbergia. Se preguntó qué efecto tendría esa primera impresión en el cerebro del portero. Si lo arrastraría hasta la primera página o le sería indiferente. Especuló sobre la posibilidad de que fuera un lector avezado y leyera de corrido, relato tras relato, y saboreara a una altura parecida a la suya el sabroso manjar que se le iba ofreciendo. ¿O era un asno y su boca befa no estaba hecha para esa miel, y para el portero no tendría importancia (ninguna) que aquel libro fuera la última biblia de Anzée? Pero nadie que se aventura a leer un libro es completamente un asno sino quién lo rechaza sin haberlo intentado siquiera. Y puede que el portero anduviera el camino. Puede que apreciara. Puede incluso, aunque la posibilidad fuera remota, que descubriera en un paraje recóndito de sus páginas el mismo momento culminante que deslumbró a Anzée. Aquel que esperaba que descubriera también su amiga. Aquel en el que se dice que Sarah Briot es capaz de saber el tamaño del pene de los hombres con sólo mirarles a los ojos. Parece algo trivial, pero nada más lejos. Mirar a través de los ojos de un hombre y descubrir el tamaño de su pene es ser capaz de penetrar hasta lo más profundo de su ser, porque el pene, en realidad –lo diré ahora que nadie me escucha- está ahí y no entre sus piernas. Porque el pene no es, ni más ni menos, que el tamaño de su deseo. La profundidad y vastedad de su deseo, y esto es lo que verdaderamente importa a una mujer sabia como Sarah Briot. Pero quizás estuviera sobreestimando al portero. Hacen falta unas buenas gafas para ver esas cosas tan exquisitas, ser un buen explorador, paciente. Tal vez lo estuviera sobreestimando y lo único que hiciera sería lo más cómodo, inmediato y tentador: ver la película.
Y bien, es fácil pensar, y esto es lo que molestaría a Anzée, es fácil pensar eso a poco que se haga un barrido de reconocimiento a lo largo de la película. Un muestreo del tipo al que estamos acostumbrados para valorar si merece la pena gastar el tiempo o si tiene pinta de ser un fiasco. Es fácil pensarlo si por casualidad topamos primero con la escena de los protagonistas tumbados en la cama, en pelota, en la que Elvira instruye a Eloy en cuestiones de sexo. Cosa que se confirmaría si, después, la suerte nos lleva al pasaje contiguo donde Elvira le enseña a Eloy el modo de practicar la penetración para aguantar la eyaculación y procurarse a sí mismo y procurarle a ella el máximo placer. Y no digamos ya si, por fatalidad, estas dos escenas anteriores las encadenamos con una tercera en la que Elvira y Eloy practican con un poco más de soltura las enseñanzas del sexo tántrico. Pues no, no se trata de una película porno. Ni siquiera de una película de sexo y a esa conclusión se podría llegar viendo escenas a salto de mata. A esa conclusión –equívoca-, podría llegar el portero. Y lo que molestaría sobremanera a Anzée no es que pensaran de él que fuera un ser vulgar, con todo lo que eso le preocuparía, sino de que ese relumbrón carnal cegara el verdadero cénit de la película, lo ocultara. Aquel por el que merece la pena verla toda, aunque casi toda no mereciera la pena. Aquel en el que Elvira declara a Eloy que no quiere ver a Dios después de muerta, que quiere verlo “acá, en la vida”, y se aprestan a buscarlo. Con las manos enlazadas, mirándose. En ese momento donde Antonella Costa vuelca en su rostro (en el juego de sus ojos, en el cierre imperfecto de sus labios) toda la hermosura de que es capaz un ser humano y Morente canta “mírame a los ojos, hazme ese favor”. En ese intercambio de la luz más profunda del alma. Ese bello pasaje que también esperaba que su amiga descubriera y saboreara.
Pero tal vez lo que realmente estuviera haciendo es subestimar al portero. Con la cantidad de excusas peregrinas que ese hombre almacenaría, bien pergeñadas, para rechazar el encargo, para librarse en dos segundos de una pejiguera de esa clase. Y no lo hizo. Para no quedarse con aquel sobre que a ver qué hago ahora, dónde lo pongo. ¿Lo tiro? ¿Lo guardo? Puede estar contaminado de vete a saber qué. El sobre para un lado, el sobre para otro. El sobre pegado a su mano como un chicle que se resiste a ser tirado a la papelera. El sobre que para qué habré aceptado yo el encargo. ¡El dichoso sobre de los cojones! No, hombre, no, quita. Y no lo hizo. ¿Por qué? El portero no era ni mucho menos un novato. Ni era un ser gris y adocenado. El portero era mucho más que eso. El portero sería un lector compulsivo y un cinéfilo de pro. Por eso aceptó el encargo de Anzée, una vez que éste abrió el sobre y le mostró lo que contenía. Y leería de corrido el libro y vería con detalle la película durante esa larga noche de trabajo. Y apreciaría y degustaría todos sus momentos culminantes. Y lo volvería a meter todo en el sobre y a cerrar la pestaña de inspección postal. Y a esperar a que llegara a recogerlo su destinataria, esa que volvería el lunes, esa cuyo nombre estaba escrito en el anverso. Porque el portero intuiría, por esos objetos artísticos tan delicados con los que era obsequiada, que se trataba de una persona muy especial. Una mujer nada corriente. Y no se equivocaba. La tarde del lunes, después de las nueve, sintió entrar el aire sofocado de su aliento en la escueta recepción y le latieron las venas, aunque él nunca pierda la compostura, y comprobó que se trataba de la chica con la sonrisa más fresca y los ojos más vivos de toda la ciudad.

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