Bobby McGee y yo

por manueldemagina

Hay un hecho que no recoge ninguna biografíaJanis Joplin - Grandes éxitos de Janis Joplin (Janis Lyn Joplin, Port Arthur, Texas, EE UU, 19 de Enero de 1943), ni siquiera la muy cercana y emotiva de Amburn, y es que, un verano de los setenta, Perla, como la llamaban sus íntimos, efectuó una visita a un lugar ignoto de la provincia de Jaén, España. Para ello, viajó directamente desde Los Ángeles en un vuelo privado hasta el aeropuerto internacional de la ciudad andaluza. Nadie la recibió allí, ni lo esperaba; por algo tanto el vuelo como la visita eran privados. Solo llamó a un taxi para que la llevara a destino. El taxista que acudió a recogerla no era propiamente un taxista, sino alguien que tenía cierta habilidad para conducir y al mismo tiempo chapurreaba algo de inglés —lo había aprendido en un curso ultrarrápido para camareros en Benidorm—, dos variables que, en aquella época, no era fácil se dieran en todo el Santo Reino. Dígase Paquito Liébana. Tampoco el taxi era propiamente un taxi. No, al menos, lo que imaginamos cuando pronunciamos la palabra taxi, sino un vehículo un poco más elemental y reducido: una moto Vespa. La moto era bonita y estaba bastante nueva, y limpia, eso era verdad; Paquito la cuidaba con esmero, la miraba como a una hermana, y así se la ofreció a Janis. Janis repartió su mirada atónita, con los ojos muy abiertos, entre la cara del chico y el asiento. ¿Se supone que yo debo ir ahí, sobando tu culo con el mío? Algo a lo que Paquito contestó: Llés, ladi con magra tranquilidad, mientras aguardaba sentado. No vio que la americana se decidiera a subir y arrancó la moto. Ella debió pensar que era entonces o nunca.
Esto sucedía un veintiuno de julio, alrededor de las doce del mediodía. A esa hora la suave temperatura y la agradable brisa, propias del clima de la región y de la estación, ya los acompañaba en la salida por la Yuca. Un matojo seco desahuciado rodaba como una pelota por el campo pelado y ella lo señaló y dijo: ¡Eh! ¡Lo mismo que en mi país! A lo lejos, la manchita blanca de La Guardia se diluía borrosa tras el reverbero de la calina. La blusa y el cabello de Janis ondeaban como banderas contestatarias, tal vez a consecuencia de la enorme velocidad alcanzada por el motociclo. Esta se hizo en especial patente mientras remontaban la dura cuesta del Casarejo. Estuvo a punto de decirle al conductor: ¡Oye, tú! ¿Piensas que iríamos más rápido si me bajo y le empujo? Pero pronto llanearon por la Planeta y la Vespa hizo honor, una vez más, a su título de excelsa máquina. Janis llevaba, para entonces, la nariz pinzada con una de sus manos; el olor a loción Floïd que Paquito desprendía le resultaba insoportable. Por San Antonio de Piletas se sorprendió mucho de aquel macizo montañoso que se levantaba a derecha, hacia el sur, y le preguntó a Liébana: ¿Qué es eso, tío? ¡Parece un continente! A lo que Paquito respondió con su voz de no haber dormido en siglos: Itis de Jimena cerros.
Un poco más adelante, Janis observó a un grupo de individuos, armados de largos bastones, con los que andaban percutiendo sobre un extraño árbol; un árbol con hojas de un verde azulado grisáceo que, además, parecía bastante viejo. Había por allí muchos árboles de aquel tipo, con troncos negruzcos y retorcidos, como de una edad avanzada, hecho que no hacía sino agravar la culpa de aquella panda de gamberros. Le provocó tan grande indignación, que exhortó a Paquito.
—¡Para! ¡Para!
Y Paquito no tuvo más remedio que detener la Vespa en el arcén. Cuando lo hubo hecho, ella saltó como una furia y se dirigió hacia aquellos. No le dio tiempo al de la capital a advertirle de nada; componer explicaciones en aquel idioma no era cuestión de segundos.
—¡Eh, tíos; ¿cómo le pegáis esa manta de palos al árbol?! ¿Qué os ha hecho para que le zurréis así? ¿Estáis locos o qué? ¡Ahora mismo os vais a enterar!
Y el grupo de actuantes soltó los alargados maderos y salió a correr, pensando que aquella tía estaba mal de la cabeza. En justicia muy bien no estaba, aunque su gesto fuera noble. Ella tomó uno de los vástagos de castaño y los persiguió, labrantío adelante, hasta la extenuación. Luego regresó con el arma en la mano y, a requerimiento de Paquito, hubo de soltarla.
Volvieron a rodar sobre el asfalto y así adelantaron hasta Lomas blancas y Gil de Olid. Eran ya las dos de la tarde y aquí, un grupo de nativos, tocados con grandes sombreros de paja, hacían picnic sentados sobre un campo amarillento, todos alrededor de algo. Vio Janis, acercándose, que se trataba de un grande y sucio recipiente de loza del que todos comían, como auténticos cerdos, y, al paso, les gritó:
—¡Pedazo de guarros! ¿Cómo podéis estar zampando todos de ahí? ¿Qué demonios es eso?
No le contestaron ellos sino Paquito, con su voz de déficit crónico de sueño: Itis traditional salad named pipirrana.
Avanzaron hasta el Guadalquivir y lo cruzaron por el Puente del Obispo. A aquella hora el sol incendiaba sus espaldas pero, aun así, se dispusieron a atacar el enorme desnivel hasta la coronación de La Loma. Emplearon toda la tarde en la misión. El ascenso se hizo duro —las pitas y las acacias los compadecían al pasar—, mas, si algo tenía Paquito, era la despreocupación de los indolentes y, si algo tenía la Vespa, la tenacidad del picapedrero.

Pero Janis no había dado semejante salto desde Los Ángeles para hacer turismo, ni para afear el comportamiento de los naturales de aquel excéntrico país, sus bárbaras costumbres. Mucho menos para ir sobando su culo con el de Paquito en la circunstancia excepcional de aquel viaje. Había venido para hacer una pregunta a un alma gemela. Se habían conocido en Barcelona —él la vio allí por primera vez, en una tienda de discos, metida dentro de la casete blanca con diminutas leyendas en negro que contenía sus grandes éxitos—, y lo suyo fue un amor a primera vista. Un amor de coincidencia absoluta, de fusión completa. Porque Dedos Porros y ella, a la hora de sentir, eran como cuatro pulmones para una sola caja torácica, cuatro ventrículos y cuatro aurículas para un solo músculo cardíaco. Podrían haberse conocido en persona, haberse cruzado alguna vez en el viejo o el nuevo continente, mientras ella inmolaba sus vísceras sobre un escenario y él asistía al concierto, aplaudiendo en éxtasis; mientras ella entraba o salía de un hotel y él pasaba por allí circunstancialmente; todo habría sido posible. Y se habrían enamorado de la misma forma, y se habrían amado de la misma forma. Janis y Dedos hubieran sido el uno para el otro en cualquier modo del destino. Y habrían hecho el amor, y ninguna pareja hubiera sido tan perfecta como ellos, aunque ella una rosa macho cabrío y él una tierna doncella con el sexo ambivalente. O tan por eso. Podría haber sido, pero nada de esto sucedió sino más bien una suerte de contrariedades y encadenadas desgracias. Dedos se vio obligado a abandonar aquella ciudad de calles abiertas al mar donde la libertad campaba a sus anchas y regresar a su pueblecito, en un paradójico destierro a su propia tierra. A olvidarse de sus sueños de modelaciones y perspectivas ideales, de collages, de composiciones con técnicas y materiales imposibles, del asombro por Dalí o Magrite. En el accidente de aquellos días, la llevó metida en una triste bolsa de viaje, envuelta entre sus pantalones vaqueros, sus camisas estampadas a cuadros cubistas, una caja de hojalata con papel de fumar y unas cuantas piedrecitas mágicas marrones, un manojo de folios abarquillados con los apuntes de la escuela de arte sobre teoría espacial y del volumen.

No, el arte no es nada, nada; bien lo sabía Janis. Es todo y luego nada. Es la misma vida y poco más tarde humo que se desvanece, y la amistad un barco que viene y que va mientras uno un triste islote perdido, y ella había viajado hasta allí solo para hacerle una pregunta. Solo una o dos, o más, qué importaba cuántas, si todas se podían resumir en una. Porque él también tenía un amigo más amigo que ningún otro, ese que te acompaña siempre, ese que te saca siempre del último rincón que hay en ti. Ese que te apoya en todo lo que haces y que te llama egoísta cuando lo eres, solo porque en ese momento lo eres insoportablemente. Ese que viene a tu casa y tú lo reconoces como un animal de tu camada. Ese que admira tus logros y lo expresa con un comentario sencillo. Ese que se permite visitarte acompañado de su hijo pequeño y un biberón que le toca a las siete. Sí, ese mismo; “esa misma” que podría decir ella.
Si él también le había prometido ir aquella tarde y no pudo creer en ningún momento que no lo haría. ¡Porque a saber las cosas de las que se estaría ocupando! ¡Cosas importantes de verdad! Y no por ello dejaba de creer que de un momento a otro entraría por esa puerta. Si vio ir mermando la luz del sol y no perdía la esperanza, porque a él, como a ella, solo le quedaba aquella muleta. Si a medida que pasaba el tiempo iba pensando, como ella, que era posible que no significara nada, ni para su amigo ni para nadie, porque en realidad no fuera nada importante, nada relevante en el mundo. Más bien algo inservible, como una sobra o una escoria, o ni siquiera eso. Algo por lo que no mereciera la pena preocuparse a nadie. Y entonces ese último rincón que hay en ti, que te estraga profundamente pero es tuyo, que es lo único tuyo, lo único que tienes, después de todo no le pareciera un sitio tan frío y tan horrible.

 

Anuncios